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Fuimos al mar. ¡Qué miedo tuve y qué
alegría. Es un enorme animal inquieto. Golpea y sopla, se
enfurece, se calma, siempre asusta. Parece que nos mirara desde dentro,
desde lo hondo, con muchos ojos, con ojos iguales a los que tenemos en
el corazón para mirar de lejos o en la obscuridad.
En un principio nos tiró varias veces.
Después Adán se enfureció y se puso a dar de
puñetazos a las olas. A mí me dio risa, me quedé
en la playa mirando. Adán no podía. Al rato salió
cansado, húmedo, y no dijo nada, y se
durmió.
Entonces me puse a oír el mar. Ya iba
obscureciendo. Suena igual que la noche, con un vasto, infinito
silencio, con una honda voz. Se extiende su sonido obscuro y nos
penetra por todas partes. Es un sonido de agua espesa, de agua que
quiere levantarse como un animal herido.
De ahora en adelante viviremos a la orilla del mar.
Aquí están a la misma altura el sol y el mar, a la misma
profundidad las estrellas y los grandes peces.
Aprenderemos el mar, Él también tiene
sus montañas y sus vastas llanuras, sus pájaros, sus
minerales, y su vegetación unánime y difícil.
Aprenderemos sus cambios, sus estaciones, su permanencia en el mundo
como una enorme raíz, la raíz del árbol de agua
que aprieta la tierra, el árbol inmenso que se extiende en el
espacio hasta siempre.
El mar es bueno y terrible como mi padre. Yo le
quiero decir padre mar. Padre mar, sostenme, engéndrame de nuevo
en tu corazón. Hazme incorruptible, receptora del mundo,
purificadora a pesar.