XIV
Ah, tú, guardadora del mundo, dormida, preñada de la
muerte, quieta. ¡Qué inútil es hablarte, hablarme!
Hombre solo soy, quedé. Quedé manco,
podado, a mi mitad quedé.
Aquí me muero. Porque los ojos de la muerte
me han visto y giran alrededor cazándome, llevándome.
Aquí me callo. De aquí no me muevo.