Jaime Sabines

Jaime Sabines

Jaime Sabines (1926), el más entrañable de los poetas de México, lega eso en su poesía: las entrañas de la piel, las entrañas del ser. Surge diciendo cuanto se encuentra en el fondo y cómo se encuentra en el fondo (de una manera vital y desgarrada) de los hombres y diciéndolo bien. No pacienta entre la liviandad del espíritu sino que se apropia el heno de la carne. Le importa la terrenalidad en cuanto ámbito que es de la pasión, de la expresión de la construcción de los hombres y las mujeres. Sus demonios y sus aspiraciones son aquellos derivados de la misma pasión, fuente donde vive y vibra la fidelidad a los instintos, a los instantes, tabla verdadera de salvación y de la realización.

    De su poesía, Marco Antonio Campos dice: Uno de los poetas mexicanos que más se acerca a la afirmación de que un escritor sólo escribe en su vida un libro es Jaime Sabines. Desde Horal (1950), creó un estilo y un tono: ese algo que hace de inmediato relacionar cuando otro escribe como él. Sabines se convirtió en un poeta de voz inevitable, inimitable. Si de inmediato se reconoce el quién, hay, si no nos equivocamos, dos Sabines: uno, el que está en los primeros días de la creación y que descubre, perplejo y alegre, el universo; el otro en las profundidades e infiernos del orbe cotidiano: el poeta ha vivido y visto y lo que ha encontrado es el sufrimiento, la destrucción, la presencia continua de la muerte. Veamos lo primero. Si bien hay poemas con iluminación y bellezas intempestivas en prácticamente todos sus libros, la primera actitud está mejor asumida y resumida -¡y qué distintos son!- en Adán y Eva y Tarumba; la segunda, en los demás libros. Pero suelen cruzarse: en los volúmenes más optimistas hay poemas o instantes sangrientos, desoladores; en los más amargos, en los más llenos de fúnebre respiración, poemas o instantes resplandecientes, cargados de un amor inmenso y devoto a la vida.

    Una visión completa de Sabines es la de José Emilio Pacheco. Hela ahí: Sabines tenía 24 años cuando en 1950 publicó Horal. Y hay en ese libro la misma habilidad para el poema breve y el extenso, ya está la voz intransferible, irrepetible de un poeta: “Lento, amargo animal / que soy que he sido, / amargo desde el nudo de polvo y agua y viento / que en la primera generación del hombre pedía a Dios”. Ya figura entonces como una piedra en el estanque, hoy como instrumental de uso común, el hablante que se da el lujo de exclamar “Ah, mula vida” y “yo traía un amor reteadentro”. Y es justo decir que esta conquista del habla común, esta colonización del lenguaje oral por los poetas que nacieron de 1920 a 1930 es una de las victorias perdurables de toda la generación del cincuenta, cada quien a su estilo.

    El muchachito que habla en Horal es un viejo conocido para esta poesía. Sin embargo se expresa con acento diferente. Llegó de la provincia, se siente extraviado en la ciudad, descubre la naturaleza de su tierra, se duele de sus amores y pesadumbres y, como el otro (R L V), no tiene miedo a emplear la palabra “corazón”. Tampoco teme ser confesional y se salva de parecer autocompasivo gracias a un concepto o mejor: un sentimiento que sólo en él no se ha devaluado: la ternura. La ternura que le permite llorar la hermosa vida.

    La señal (1951) muestra que Sabines antes de lanzarse al ruedo hizo su tarea. Nos conmueve al hablar de lo que nos pasa a todos porque sabe enfocarlo, objetivarlo en una organización verbal llamada poema. Y su instinto poético, su destreza, se pone a prueba y emerge deslumbrante en la prosa admirable de Adán y Eva (1952), un género que a pesar de todos los antecedentes ilustres en la producción nacional, a pesar de ¿Águila o sol? publicado meses atrás, resultaba por aquellos años tan insólito que el texto, tan ostensiblemente poético, fue incluido en un Anuario del Cuento. Quien escribe: “Fuego lento, preciso, árbol continuo, nos atraen tus hojas instantáneas, tu tronco permanente. Déjanos estar junto a ti, junto a tu amor hambriento. Creces aniquilando, medida de la destrucción, estatura hacia adentro, duración hacia atrás, tiempo invertido, muerte muriendo, nacimiento”, puede ser un poeta todo lo espontáneo y natural que se quiera pero nunca será torpe ni “descuidado”.

    Sabines es un poeta de inclusiones. Un poeta que no excluye tiene caídas abismales (como las tiene también el más ceñido de los poetas de un sólo libro) que le sirven de apoyo a sus grandes momentos y de sostén para una armazón en donde se expresa y se representa una experiencia más amplia que el testimonio autobiográfico. La poesía de Sabines es la gran representación poética de lo que fue vivir en México a mediados del siglo xx –por supuesto, para cierta clase a la que pertenecemos él, sus lectores y sus comentaristas.

    Tarumba (1956) es el libro menos entendido de Sabines en su país y el más apreciado fuera de aquí. Aunque Sabines ha dicho que no hace libros sino poemas, Tarumba es un libro. Un sólo poema con todos los cambios internos que no desvanecen, sino subrayan la unidad profunda del conjunto. (Lo mismo sucede en su obra maestra Algo sobre la muerte del mayor Sabines). Sabines es tan inteligente que puede darse el lujo de hacer un texto deliberadamente naif, lo cual es una contradicción en términos. Un texto que nadie entendió en su momento porque sus verdaderos lectores apenas estaban naciendo. Tarumba es poesía de los setenta: “Te puse una cabeza sobre el hombro/ y empezó a reir; / una bombilla eléctrica / y se encendió. / Te puse una cebolla / y se arrimó un conejo. / Te puse mi mano / y estallaste.” Por caminos misteriosos (¿o fue la lectura de nuestros primeros “antipoetas”: De la Selva, Novo, el joven Efraín Huerta?) Sabines asume y trasciende las tentativas que en 1954 había iniciado Nicanor Parra a quien fidedignamente sólo conoció y leyó en Cuba en 1965, nueve años después de Tarumba.

    Los “Poemas sueltos” (1951-1961) debieron haber formado una serie con título propio o integrarse a Horal y La señal, aunque hay muchos contemporáneos y afines a Tarumba. Entre ellos se dan varios definitivos y ya imborrables: La enfermedad viene de lejos”, “He aquí que estamos reunidos”, para citar tan sólo dos ejemplos.

    Diario semanario y poemas en prosa (1961) consuma la empresa desacralizadora y adelanta a lo que está por venir: la poesía ya no es la gran empresa arquitectónica y sinfónica de la que Gorostiza se despidió en Muerte sin fin (y que todavía dio Piedra de sol y Fuego de pobres) sino las briznas y rescoldos que deja el paso de la vida en una persona que ya no es el “bardo” sino el transeúnte, el automovilista, el ciudadano. Algo indeliberado que se hace sin mucha fe ni excesivo entusiasmo pero de todos modos, como dice le propio Sabines, “da alegría hacer un poema”. Una actividad que en última instancia es un poco vergonzosa, forma de cobardía, vicio secreto que se exhibe patológicamente:

    Gracias a que Sabines no tuvo “el pudor del silencio” nuestras vidas se enriquecieron con esas dos grandes elegías: al mayor Sabines y a doña Luz. Ambos dejan de ser personas concretas y se convierten en el padre y la madre de todos los lectores, en su protesta inútil contra la orfandad, la enfermedad, la inconsolable humillación de la muerte.

    Sabines se volvió tan merecidamente prestigioso con el primer Recuento de poemas, fue aceptado de manera tan unánime aún (y sobre todo) por el estabilishment de entonces al que no dejó de afrentar por todos los medios, que a partir de Yuria (1967) y Maltiempo (1972) y a despecho de las páginas excelentes contenidas en ellos, resultó de buen tono elogiarlo de manera condescendiente –como si alguno de nosotros hubiera escrito lo que ha escrito Sabines- o deplorar que no se sostuviera en la altura de Algo sobre la muerte del mayor Sabines (poema y libro que, con todo, no se publicó en forma total, y en silencio, hasta 1973).

    El Nuevo recuento pone las cosas en su lugar y nos demuestra que hay dos maneras de exigencia para con un autor. Una la norteamericana, aspira a El libro, “Di tu palabra y rómpete”. Otra, la europea, contempla La Obra en toda su extensión no como un Everest único o irrepetible sino como una cordillera en que hay alturas mayores que otras (y también e inevitablemente desfiladeros, páramos, precipicios) pero en donde todo se revuelve en una coherencia superior que armoniza las luces y sombras.

    Jaime Sabines aparece bajo este criterio como uno de los escasos poetas mexicanos que verdaderamente ha hecho una obra: un impresionante Recuento y, digamos, cinco poemas (no necesariamente los mismos para cada lector) que están  entre los grandes de su lengua y de su siglo. No puede pedirse más ni puede aspirarse a más por inmensas que sean las ambiciones. Sabines se equivoca como todos pero acierta como pocos. Tiene derecho a que lo juzguemos y recordemos por sus mejores, abundantes, momentos. Sin esos textos que se disparan en todas direcciones sin llegar nunca a organizarse, Sabines no sería Sabines, no nos hubiera dado aquellas otras páginas que permanecen en nuestra memoria y nos acompañarán mientras estemos vivos (Manzour, 1988).



Fuente:
Morales Bermúdez, Jesús. Aproximaciones a la poesía y la narrativa de Chiapas. Universidad de Ciencias y Artes del Estado de Chiapas. Taller ProAufo de la Unicach. Tuxtla Gutiérrez, Chiapas. Primera edición 1997. pp. 67-70.

Otras entrevistas y documentos de Jaime Sabines

Entrevista concedida a Martha Anaya y Patricia Ruiz el 24 de Marzo de 1996 en la
Ciudad de México. Descargar documento PDF (522 Kb).

Mi memoria no tan mala por Rodrigo Núñez. Descargar documento PDF (67 Kb).

La siguiente entrevista se le realizó a Jaime Sabines luego de que viajó a Canadá a un encuentro con poetas. Descargar documento PDF (90 Kb).

Los poetas chiapanecos opinan sobre el EZLN.
Becerra Pino, Hernán. Los escritores chiapanecos opinan sobre el EZLN. Colección: Testimonio y comunicación. Editorial EDAMEX, S.A. de C.V. México, 1999. Págs. De la 9 a la 28. Descargar documento PDF (130 Kb).






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