EPÍLOGO

Mono de la aflicción, hombre de trapo,
hilo del Gran Titiritero,
enséñame tu cara, a ver: un gesto,
ríe, llora, gracioso, pide, pordiosero.
¿Vas a embriagarte? ¡Qué bueno!
¿Vas a querer, a luchar, a independizarte?
¡Eres bravo, bufón, místico del entierro!
Ponte en las manos del día,
aguantador, hombre serio.
¿El destino! Ya. Lo sabes. Un privilegio.
Me gustas porque precisamente comprendes,
porque tienes mas amor que desprecio,
satán de mármol, contemplador,
dador, viña del tiempo.
Bien decía yo que no te querían,
poeta, y bien hacías, maestro,
en tirarles margaritas a los cerdos.
¡Ah, riguroso, verdadero,
resistente de la noche, invulnerable del duelo,
árbol del siglo, solo del silencio!

Trabajador enséñanos,
dinos cuál es tu secreto,
esfinge del sudor,
laberinto del misterio.
¿Te lamentas? ¡Qué inaudible
rumor agonizante, qué pétreo
sucumbir! ¡Ah, entrañable,
te llevas como tu féretro,
burlador austero!

Las zanahorias se salen de la tierra, Maestro,
para bailar en torno a ti
la danza de los difuntos conejos.
Coronas de perejil traen los ángeles
y gallinas en becerros
montan a u advenimiento.
Desde ahora tu reino
-ora pro nobis-
tu reino.
El alacrán te concede la magistura del incieso.
Las abejas te dan a empollar sus huevos.
En la lengua del buey has de lavar tu cuerpo.

Primordial, tú, arquitecto,
me tomas a juego.
Me compadeces, vengador,
mientras ríes en silencio.
Tú estás mirando un mar de sombras
definitivamente abierto.